Cadena de des-montaje

¿En cuántas películas o series hemos visto buitres? Os habéis fijado que en casi todas aparecen como seres malos y solitarios.

David Coll Puig


Desde siempre ha existido una tendencia a clasificar los animales según roles humanos. Ya en las fábulas aparecen ciertos animales relacionados con ciertos caracteres. A buen seguro que a todo el mundo nos viene a la cabeza la famosa historia de la liebre y la tortuga, siendo la primera lista y burlona y la segunda correcta, educada y paciente. O la de la chicharra y la hormiga, donde gracias al esfuerzo y perseverancia de esta durante todo el verano, es capaz de alimentarse durante el invierno al contrario que la chicharra, que había sido perezosa y despreocupada.



A día de hoy existen también referencias tanto positivas como negativas hacia todo tipo de animales. Como consecuencia de este hecho, algunas especies son consideradas beneficiosas, agradables y nos crean empatía, mientras que otros nos dan asco y nos crean sensación de rechazo.



Una de estas especies que desgraciadamente son perjudicadas en la mayoría de referencias que hacia ellas se llevan a cabo son los buitres. Se trata de aves rapaces de gran medida, las cuales son observables normalmente volando en círculos mientras buscan algún animal muerto para alimentarse. Esta condición de necrófagas, puede ser, no ha sido beneficiosa para su reputación, a pesar de ser una actividad totalmente necesaria para la buena salud de los ecosistemas.



Desde su formación Disney nos ha ofrecido varias tipologías de buitres a sus películas, diversificando la imagen de estos. Quizás, los más famosos han sido los cuatro de El libro de la selva (1967) los cuales hacen referencia, curiosamente, a los cuatro miembros de los liverpoolianos The Beatles. En este caso, se trata de cuatro individuos bobos e indecisos aburridos en una zona sin alimentación. Pero estos no serían los primeros, porque ya en 1937 en Blancanieves y los 7 enanitos se nos muestra una pareja con aspecto intimidante, quietos encima de una rama como esperando que ocurra algo malo para aprovecharse de la desgracia. En 1951 nos enseñaban de nuevo buitres en la película Alicia en el país de las maravillas, los cuales se caracterizaban para estar enfadados y tener las alas como si de la umbela de un paraguas se tratara. Y unos años después, en Robin Hood (1973) se nos volvían a presentar buitres muy parecidos a los primeros que hemos denominado, con el mismo carácter simple e ingenuo.



Disney, en contra del que pueda parecer, no es la única franquicia que ha mostrado estas aves al público infantil, puesto que en la saga Ice Age también aparecen, de igual manera que en la serie japonesa Pokemon, donde Mandibuzz representa a un buitre de actitud malvada o en la filmografía de los Looney Tunes, donde existe el buitre Beacky, nombre que por cierto, proviene de la traducción de pico, en inglés beak.



Como queda patente, la mayor parte de imágenes que nos llegan de estas rapaces son malas, hecho que, a menudo, produce en la población aversión hacia ellas. Además, todas las referencias anteriores se hacen al buitre común, Gyps fulvus, pero existen en nuestra península otras tres especies que responden al número de buitres: el buitre negro (Aegypius monachus), el quebranta huesos (Gypaetus barbatus) y el buitre egipcio  (Neophron percnopterus).



Estas cuatro especies funcionan como si de una fábrica se tratara, realizando cada una un trabajo especializado para llevar a cabo un propósito común, la desintegración de cualquier animal muerto.

Cuando ocurre la muerte de un animal en un ecosistema montañoso los primeros en darse cuenta suelen ser los cuervos, los cuales se mueven en grandes grupos provocando un guirigay como consecuencia de todos ellos gritando a coro. Este ruido funciona como método de aviso para los buitres comunes, que emprenderán el vuelo para observar la situación, y si lo ven factible, bajarán a participar en el despiece.



El buitre común ha adquirido un conjunto de caracteres que le resultan beneficiosos para ser el primero en empezar a comer. Uno de estos es el hecho de tener el cuello desplomado, y a consecuencia de esto, más facilidad para meter la cabeza y moverla por los orificios que pueda haber en el cadáver. Otra característica importante es la presencia de bacterias únicas en su tracto digestivo. Estas permiten que pueda comer carne cruda sin sufrir ninguna dolencia como consecuencia de esta.



La paz de estos primeros comensales no dura mucho, puesto que al darse cuenta de la situación, los buitres negros son los siguientes en llegar al lugar de los hechos. Estas aves son de mayor medida que las anteriores, con lo que disponen de una mayor potencia física. Cuando descienden a la zona en cuestión, los buitres comunes se ponen en situación de alerta, hecho provocado por la actitud de los buitres negros que reclaman su parte del menú.



Cuando los buitres negros se disponen a comer el cadáver, ya ha sido ligeramente abierto y el acceso a las partes con más carne es fácil. Cuando esta segunda especie finaliza su presencia poco queda del que horas antes había sido un cerdo jabalí, un lobo o un ciervo.




Mientras todo lo citado pasaba, había una tercera especie de buitre, el egipcio, el cual había estado alimentándose de las partes que el resto de especies no habían valorado. Es el caso de las partes más blandas del animal, como los ojos o la lengua. Esta especie no puede competir con las dos anteriores debido a la menor medida de la que dispone y por tanto prefiere no entrar en una competición que no puede ganar.



Por último, y cuando solo quedan las partes más duras, aparecen los buitres barbudos o buitres rompehuesos. Como el mismo nombre indica, esta especie se alimenta de los huesos remanentes, o mejor dicho, de la médula del hueso. Para llegar a adquirirla, estas aves recurren a una estrategia muy curiosa. Cogiendo primero el hueso que quieren romper, se elevan hasta una altura idónea para que la caída rompa el hueso. Posteriormente, y sin perder de vista el lugar exacto de la caída, bajará a recoger el alimento.



De esta forma, la desintegración del cadáver será casi total, quedando unos pocos huesos demasiado duros y sin mucho alimento para el rompehuesos. Esta cadena de desmontaje llevada a cabo por las cuatro especies de buitres que habitan la Península Ibérica es la causante de que no se esparzan dolencias debidas a la contaminación por podredumbre de seres vivos en la naturaleza, y por tanto, la buena salud de los ecosistemas.



A lo largo de la historia, ha habido momentos en los que se ha perseguido estas aves, por creerlas ladronas de animales de pasto, portadoras de mala suerte o incluso, enviadas del demonio. Esto ha provocado un descenso de su población hasta provocar la casi extinción de algunas de ellas como el rompehuesos. La forma más común de exterminio que se ha empleado ha consistido en la utilización de carne envenenada, la cual se dejaba al alcance de estos para que la comieran y murieran. Hoy en día esta práctica está prohibida.



Actualmente, también se realiza una tarea de concienciación con los cazadores para que utilicen proyectiles que no contengan metales pesados, puesto que estos tienen la capacidad de pasar a la sangre de los animales que son cazados y posteriormente a la de los buitres, provocando la acumulación en estos y su intoxicación. Además, los restos de animales que han sido muertos mediante balines hechos de metales pesados son, de igual manera, no aptas para el consumo humano por el mismo motivo.



Es importante, por lo tanto, tener en cuenta el papel fundamental que estos realizan en nuestros ecosistemas y tener una visión de ellos como lo que son, aves necrófagas que se encargan de limpiar la naturaleza. Solo de este modo podremos seguir disfrutando de observar su vuelo magistral en las zonas montañosas de nuestra península.